orría el año 1811... y se producía la Batalla de Tacuarí, donde pierde la vida en el campo de batalla Pedro Ríos, conocido por "El Tambor de Tacuarí", un niño que acompañó a Manuel Belgrano en su expedición al Paraguay, cuando éste fue enviado por la Primera Junta a doblegar a los paraguayos que se resistían al cambio y en consecuencia seguían apoyando a la Junta de Regencia Española.

Pedro Ríos, con el permiso de su padre, se plegó a Belgrano en Yaguareté Cora (hoy Concepción), con la promesa de ser lazarillo de un oficial del ejército que estaba ciego.

El niño correntino, después de su muerte fue bautizado "Tambor de Tacuarí", en homenaje a su valor y por haber perdido la vida en la batalla de Tacuarí (hoy Cerro Corá, Paraguay), donde el ejército del general Manuel Belgrano fue derrotado por las tropas paraguayas al mando del general Cabañas.

Con apenas 1.000 hombres mal armados y muchos de ellos correntinos peleó Belgrano, quien pese a las derrotas militares dejó plantada la semilla de la libertad en esa parte de América, la que germinó el 11 de mayo de 1814 cuando los guaraníes se dieron su emancipación.


Pedro Ríos, "El Tambor de Tacuarí"

orría el año 1811... y la campaña libertadora del Paraguay tocaba a su fin. Emprendida la retirada hasta el río Tacuarí, en cuyas cercanías las fuerzas de Belgrano sostuvieron en el transcurso del día 9 de marzo de 1811 diversos encuentros, una de las intrépidas columnas, compuesta de 235 soldados, se puso en movimiento sobre su enemigo, que en número de cerca de 2000 hombres con seis piezas de artillería, avanzaba con la arrogancia que le inspiraba la superioridad numérica su reciente triunfo.

A pesar de haber sufrido bajas, Belgrano logró algunos éxitos a partir de su exitosa defensa en Tacuarí.

Belgrano redactó e hizo que el general Cabañas llevara a Asunción su propuesta de base para un tratado de paz entre Asunción y Buenos Aires; este incluía la liberación del comercio entre las dos capitales y la formación de una junta de gobierno en Asunción. Además pedía que esta junta enviara un diputado, que se incorporaría a la Junta de Gobierno instalada en Buenos Aires y negociaría allí las indemnizaciones que debía pagar la capital por la guerra que había llevado a Paraguay. Hábilmente, condicionaba las indemnizaciones a la formación de una Junta autónoma y al reconocimiento de la Junta porteña.

Su máximo éxito, de todos modos, fue lograr que en el Paraguay se comenzara a considerar seriamente la Independencia, algo que había sido rechazado por diversas razones. En efecto, poco después, el 14 de mayo, los propios paraguayos declararon su independencia de hecho y se dio su primer gobierno. Entre sus impulsores se encontraban varios de los vencedores en Tacuarí, especialmente Fulgencio Yegros.

No obstante, la campaña de Belgrano no logró que el Paraguay se incorporara a las Provincias Unidas del Río de la Plata, en que se agruparon las ex provincias del Virreinato del Río de la Plata.

Por su fracaso militar en el Paraguay la Junta de Buenos Aires le inició a Belgrano una causa el 6 de junio de 1811, aunque no había un cargo concreto hacia él, sino una petición del pueblo para que se hiciesen los cargos a que hubiese lugar.

Sin embargo, no solo nadie presentó cargos en su contra, sino que los oficiales que habían actuado en la campaña al Paraguay manifestaron en un documento no tener quejas y defendieron su sacrificio patriótico y heroico valor así como su conducta intachable.


Batalla de Tacuarí

La capitulación de Belgrano

orría el año 1944... y renuncia el general Pedro Pablo Ramírez, presidente provisional de la Nación (de facto), quien había asumido tras la renuncia del general Arturo Rawson, tras la revolución del 4 de junio de 1943, conocida como "La Revolución de los Coroneles".

A comienzos de la década del cuarenta los militares habían asumido gran parte de las funciones que el Estado intervencionista de los treinta se autoadjudicó. Entre 1931 y 1937 el presupuesto militar se incrementó de 189 mil pesos a 315 mil. En octubre de 1941, por decreto 103.316, fue creada la Flota Mercante del Estado, que se colocó bajo el Ministerio de Marina, y la Dirección de Fabricaciones Militares. Por aquellos años convivían en las fuerzas armadas dos tendencias políticas: una, la que representaba al general Justo, favorable a los Aliados, y otra llamada nacionalista, que simpatizaba con el Eje.

En ese contexto las Fuerzas Armadas iban camino a transformarse en un poder en sí mismo y en un árbitro “natural” de la situación nacional. El ambiente parecía propicio para las conspiraciones. Así lo entendieron los militares del Grupo de Obra de Unificación1 (GOU), una logia fundada el 10 de marzo de 1943 en los salones del Hotel Conte, que estaba frente a la Plaza de Mayo, por iniciativa de los tenientes coroneles Miguel A. Montes y Urbano de la Vega, que fue creciendo en influencia dentro de las filas castrenses. Sus principales referentes eran el coronel Juan Domingo Perón y el teniente coronel Enrique P. González. Los dos eran oficiales del Estado Mayor General, graduados en la Escuela Superior de Guerra, de la que además Perón era profesor de historia militar.

Recuerda Perón: “Antes del 4 de junio y cuando el golpe de Estado era inminente, se buscaba salvar las instituciones con un paliativo o por convenios políticos, a los que comúnmente llamamos acomodos. En nuestro caso, ello pudo evitarse porque, en previsión de ese peligro, habíamos constituido un organismo serio, injustamente difamado: el famoso GOU. El GOU era necesario para que la revolución no se desviara, como la del 6 de septiembre. […] Conviene recordar que las revoluciones las inician los idealistas con entusiasmo, con abnegación, desprendimiento y heroísmo, y las aprovechan los egoístas y los nadadores en río revuelto”.

Los integrantes del GOU, que no ocultaban su simpatía por los regímenes de Alemania e Italia y se declaraban partidarios de la neutralidad, anticomunistas y contrarios al fraude electoral, comenzaron a preparar el asalto al gobierno y tomaron contacto formalmente con dirigentes partidarios socialistas, conservadores y radicales que coincidían en rechazar la candidatura de Patrón Costas.

El 7 de junio de 1943 fue la fecha elegida por Castillo para lanzar la candidatura de Patrón Costas.

Pero Patrón Costas nunca pudo lanzar su candidatura a presidente. En la madrugada del 4 de junio, un nuevo golpe de Estado dirigido por el GOU derrocaba al presidente.

El diario La Vanguardia trazaba este balance de la gestión de Castillo, que de alguna manera también era un análisis de aquella Década Infame: “El gobierno del doctor Castillo fue el gobierno de la burla y el sarcasmo. Su gestión administrativa se desenvolvió en el fango de la arbitrariedad, el privilegio, la coima y el peculado. Toleró ministros y funcionarios ladrones, y firmó, displicentemente, medidas que importaban negociados. Nada ni nadie le contenía en su insana política de rapacidad y de oligarquía. Eligió su sucesor a pesar del clamor de la opinión pública y de la repugnancia de algunos miembros del partido oficial. La fórmula de los grandes deudores de los bancos oficiales contaba con la impunidad oficial”.

En la Rosada, aquel 4 de junio, se produjo la primera reunión de las nuevas autoridades: “Una vez tomado el poder nos sentamos alrededor de una mesa a discutir quién sería el encargado de ocupar la primera magistratura.

Debía ser un general y de esto no había duda. Fue elegido por su buena voluntad y sus buenas intenciones el general Pedro Pablo Ramírez. La sorpresa más significativa nos la dio Rawson, que se sentó en el sillón presidencial y armó un gabinete a piacere, sin consultar a nadie. Claro, pasó que se consideró el jefe supremo de la revolución, y flojo de entendederas así como era, negoció con la oligarquía el nuevo elenco gubernamental. El resultado fue que volvían al gobierno los que acabábamos de echar a patadas. Recuerdo que fuimos hasta la Casa de Gobierno y entramos intempestivamente al despacho principal. Él estaba allí, sentado muy ridículo detrás del escritorio en el sillón de Rivadavia. Me acerqué y extendiéndole su renuncia le dije: ‘puede ir saliendo, terminó su mandato’. Rawson, levantó la vista y me dijo: ‘¡Cómo, tan pronto!’ Tomó sus cosas y se retiró”.

Castillo, tras dejar la Casa Rosada, se refugió en un barreminas de la Armada a la espera de unas hipotéticas fuerzas leales que sólo existían en sus deseos. El 5 de junio por la mañana desembarcó en el puerto de La Plata y, al igual que Yrigoyen hacía casi 13 años, presentó su renuncia a la presidencia en la capital bonaerense. Terminaba, de la misma manera en que había comenzado, una Década Infame que dejaba profundas huellas en nuestro pueblo. Se iniciaba una nueva etapa que iba a cambiar por muchos años el panorama político y social de la Argentina.

Fuente: Fragmento del libro Los mitos de la historia argentina 3, de Felipe Pigna, Buenos Aires, Editorial Planeta, 2006.


Pedro Pablo Ramírez (presidente de facto)

Juan Domingo Perón

Ramón S. Castillo